martes, 19 de mayo de 2015

Una botella en el océano

Decía el gran poeta Paul Celan que escribir poemas era como echar una botella en el océano con la esperanza de que llegara a algún lector que pudiera ser afectado por ese mensaje en su más íntimo corazón. Parafraseo, cierto, pero no malinterpreto ni falsifico ni, por supuesto, "deconstruyo". Siempre me han conmovido esas palabras y me han parecido justas y precisas y las tengo presentes siempre. Al decidir escribir aquí, en este blog, en la inmensidad del océano cibernético, sin más apoyo que mi palabra, siento algo parecido a lo que decía Celan. Una botella en el océano, el azar del otro que se cruza en el camino y con el que se entabla una comunicación inesperada. Nunca escribimos para nosotros mismos, siempre lo hacemos pensando en los otros que pueden acercarse a nuestra realidad encarnada en palabras.
    Una botella en el océano equivale a una palabra dirigida a alguien para que ese alguien se sume a un encuentro que tiene lugar en silencio, el silencio de la lectura, el que nos lleva a sintonizar - o no - con ese otro que nos habla de esa manera. Si conectamos con su espíritu, permanecemos fieles y, si no, lo dejamos, a veces desilusionados porque esperábamos algo más. ¿Quién no ha vivido esa experiencia? ¿Quién no se ha acercado a ese otro esperanzado y no ha acabado de encontrar en él lo que buscaba? Nos pasa muchas veces en la vida diaria y nos pasa con frecuencia en esa otra forma de comunicación que llamamos literatura (o arte en general).Escuchamos esa música y nos transporta a dios sabe dónde, provocando en nosotros una agradecida sucesión de emociones, a las que no sabríamos poner nombre. Vemos ese cuadro y nos quedamos perplejos, inmovilizados, dispuestos a permanecer frente a él el tiempo necesario, como Van Gogh dijo del cuadro de Rembrandt (siglos y siglos frente a él, y no cansarse nunca, vino a decir). Vemos ese edificio y nos sentimos poderosamente atraídos, subyugados por esas formas o por esa habitabilidad increíble, pensada exactamente para hacer feliz a la gente y generar un poderoso sentido de vida a lo grande, en el espacio de esas paredes que recuerdan a un paraíso habitable, sencillo, cómodo, de verdadera casa soñada. Leemos ese poema, o esa novela, o ese drama, o esa filosofía, y nos sentimos como en casa, asombrados, agradecidos, ilusionados, alegres, o también afectados por la sombría proyección de esa experiencia, de la que no nos apartamos un ápice, aunque sea dura e inhóspita, porque, a la vez, está dotada de la intensidad pegajosa del arte verdadero. ¿Quién no ha vivido eso? Lo vivimos todos los días, cada vez que nos enfrentamos a los maestros que más perseguimos y admiramos o a las sorpresas que nos encontramos y que nos sacuden y alertan: ojo, eso está bien, eso es verdad, ese poema habla por sí solo, esa narración tiene vida, aunque no conozca a sus autores o no supiera nada de ellos con antelación.
   Sin embargo, también vivimos lo contrario, la contrariedad de no poder conectar o no poder seguir esa huella trazada sobre una superficie que nos atrae: lienzo, aire sacudido por las notas, espacio urbano a los ojos, novela o poema en las manos, sentados en el sillón. Son botellas lanzadas al mundo oceánico para encontrar o no receptores que encajen con ese espíritu oculto. A veces conectamos y a veces no. A veces también abandonamos, nos vamos, no queremos seguir esas pautas. Nos decepcionan, no son nuestras, son para otros, ¡que los habrá!.
    En esas estamos. Pizcas lanzadas al mundo para encantar o desagradar, para ilusionar o decepcionar, para enaltecer o degradar, para entusiasmar o desapegar.
  ¡Bienvenido sea el océano de las artes! ¡Bienvenido sea este océano internáutico! Para bien o para mal, viajemos en él, aunque solo sea para ir a la vuelta de la esquina, donde me aguardan mis seguras presencias, a las que amo con locura.

domingo, 17 de mayo de 2015

Alliance and Condemnation, by Claudio Rodríguez

Cincuenta años después de su aparición en español, editado por Revista de Occidente, aparece ahora la versión inglesa de Alianza y condena, el tercer libro de Claudio Rodríguez. El encargado de la traducción ha sido el profesor emérito de Columbia University, Philip W.Silver. El título en inglés es Alliance and Condemnation. El libro está muy bien traducido y suena muy bien en inglés, lo cual suele suceder con la poesía de calidad cuando se la somete a la prueba de la traducción. La fuerza original casi doblega al idioma de la versión, siempre y cuando el traductor no sea un incompetente y se esfuerce por hacer las cosas bien y tenga la suficiente sensibilidad y oído como para que la versión resultante en el idioma de acogida sea creíble desde todos los puntos de vista y logre transmitir la fuerza del original, el poder de lo que las palabras encarnan, casi como si fueran siervas de una experiencia originaria poderosa. Philip W.Silver ha sido cuidadoso y le ha guiado una preocupación: que se entendiera a Claudio Rodríguez en inglés y que un lector norteamericano no se sintiera excesivamente extrañado por las audacias del poeta español, siempre asombrosas y siempre llenas de sentido y profundamente arraigadas en el sentimiento original y originario. A pesar de esas cautelas, el inglés que leemos en esta versión tiene un indiscutible poder de convicción y suena a poesía en inglés, con toda la tradición poética a cuestas de este idioma. ¿Milagro? Exactamente: milagro.
   Alliance and Condemnation ha sido editado por una pequeña editorial de Chicago, Swan Isle Press, exquisita en sus destalles y en su cuidado, sin olvidar que se trata de una edición en rústica, pero ¡qué rústica! ¡Qué maravilla! ¡Qué tradición editorial fabulosa la anglosajona en lo que afecta a la poesía! Creo que conviene resaltar este dato, más bien insólito, y apenas mencionado por los medios culturales españoles, sin duda porque tienen otras muchas cosas muy importantes de las que ocuparse. Un poeta esencial español del s. XX - y aun de todos los siglos de la tradición poética española - es traducido al inglés por un profesor norteamericano, gran conocedor de su poesía,  y aparece editado en una deliciosa edición de una exquisita editorial sita en Chicago. ¡Bah! ¡No importa nada! ¡Y a nosotros qué! ¡Hay muchísimas más cosas de las que ocuparse! ¿Y cuántos van a leer eso en ese inmenso país? Incuria y desdén muy españoles, muy de nuestros pagos. Sin embargo, el acontecimiento merece ser resaltado. Y es lo que hizo el Instituto Cervantes, cuyo director, Víctor García de la Concha, acogió el acontecimiento y le dio carta de naturaleza mediante un acto de homenaje que se celebró en Madrid durante el mes de abril y en el que participaron Ángel Prieto de Paula, Covadonga López Alonso, Philip W.Silver, el propio Víctor García de la Concha, que presentó el acto, y yo mismo. Y es lo que hizo la ciudad de Zamora, que también dio relieve al acontecimiento en las jornadas que se celebran en esa ciudad dedicadas a Claudio Rodríguez. Allí fue presentado el libro por el propio Philip W.Silver, Fernando Yubero y yo mismo.
   Los dos fueron actos emotivos, el del Cervantes algo más académico, el de Zamora, algo más informal. Pero los dos dejaron claro la grandeza de este poeta inmenso capaz de aliar en un mismo plano la presencia de la realidad en tanto que fenómeno asombroso y la misteriosa, oscura, sufriente y elevada  experiencia humana.
  Cincuenta años después, el español de un poeta grande vive en el corazón del idioma de Shakespeare, de Wordsworth, de Whitman, de Keats, de Emily Dickinson, de T.S.Eliot...Y todo gracias a los esfuerzos del señor Philip W.Silver. Se lo tenemos que agradecer todos los aficionados y todos los amantes de la poesía de Claudio Rodríguez. ¿Se ha oído bien? ¡¡¡Gracias!!!

sábado, 16 de mayo de 2015

La tumba de Claudio Rodríguez

El viernes pasado estuve en Zamora presentando Alliance and Condemnation, la versión inglesa de Alianza y condena, el tercer libro de Claudio Rodríguez, del que se conmemoraba el 50 aniversario de su aparición.   El traductor ha sido Philip W.Silver, profesor emérito de Columbia University y muy amigo de Claudio. Otro día hablaré de ese acto y del libro pero ahora quiero centrarme en otro hecho que tuvo lugar al día siguiente, 9 de mayo. Decidí ir al cementerio para visitar  la tumba del poeta. Nos llevó a Bel y a mí Manuel Rodríguez, primo carnal de Claudio, hombre sumamente solícito y amable, surtidor de interesantísimas informaciones sobre la peripecia vital de Claudio en sus encrucijadas zamoranas. La última vez que yo había estado allí fue en el verano de 1999, cuando falleció el poeta y fue enterrado en su ciudad natal. Apenas recuerdo nada del acto, precedido por una ceremonia religiosa en la catedral de Zamora. Bueno, miento. Sí recuerdo algo profundamente desagradable que me ocurrió con un tipo zamorano que ha ejercido de albacea del poeta durante todos estos años y que lo ha hecho con mano de hierro, lo cual significa que ha puesto un severo candado a todos aquellos con los que tenía cualquier clase de cuenta pendiente, como es mi caso (cuenta que se inventó él, por cierto, como suele ocurrir en todas estas refriegas paranoicas, tan del gusto de los guerrilleros de la guerrilla literaria). Pero lo que es el entierro en sí, solo recuerdo las llamaradas de julio, apenas aliviadas por las brisas del Duero, que corre cerca del cementerio, con su solemne mansedumbre, casi emparentada con la de un lago. Recuerdo el estupor, el anonadamiento, la incredulidad pues, a fin de cuentas, la muerte ocurrió en un proceso rápido con el que yo no contaba en absoluto. Justo el verano anterior había estado con el poeta en una jornada inolvidable, departiendo en una terraza cerca de su casa, dueño de una afabilidad impresionante, y también de una agudeza fuera de lo común en la que colocó en su sitio ciertos acontecimientos de la poesía española de aquellos años. Todo suave, bañado con una ligera ironía, y una casi imperceptible causticidad, que subrayaban una sonrisa muy particular que tenía, y un dejo entre campechano  y sabio al mismo tiempo,  muy alejado de las célebres presunciones de los malos o pésimos poetas. Después de aquella jornada, y de algún otro encuentro, ocurrió la repentina recidiva, como dicen los médicos. Todo se aceleró, se produjo algún que otro oscurantismo en torno a la enfermedad - mejor no meneallo - y luego ocurrió el fatal desenlace, también con oscuridades a su alrededor - de nuevo, mejor no meneallo. Pude desahogarme en su momento con una semblanza que me encargó Miguel Mora para El País, gracias a la cual pude llorar mientras llamaba a las puertas la torridez de julio, envuelta en sus conocidas sábanas saharianas. Es lo mejor que he escrito nunca jamás sobre Claudio, y eso que he escrito bastante, incluso mucho. Lo más sentido seguro que sí, porque la muerte llamaba a la puerta y yo no  podía concebir que lo hubiera hecho de esa manera, con nocturnidad y alevosía. Contra esas llamas y esas tinieblas escribí en mi casa de Madrid, más solo que la una, completamente solo, completamente huérfano. El entierro en sí mismo fue un acto rápido, sepulcral, tórrido, con mucha gente alrededor, y algún amigo claudiano con el que entonces no me hablaba. Recuerdo aquellas miradas huidizas, anecdóticas, esquivas, con no sé qué resentimiento dentro. Y recuerdo el ruido de las cuerdas y algún hondo roce de la madera contra la piedra. No recuerdo más. Han pasado 16 años y he podido volver a esa tumba, ahora muy cambiada. No entraré a juzgar lo escultórico de la misma. Me quedo con el nombre sobrio del poeta destacado sobre el granito, con tipos gráficos bonitos, y el verso sacado de Don de la ebriedad, que figura en ella como lema.Tengo una mala memoria espantosa. No recuerdo exactamente el verso pero algún día lo pondré en estas páginas. El surco que es el cuerpo sobre la tierra, venía a decir. Se impuso el silencio. Hacía un día esplendoroso, casi veraniego, pero no había nadie. Estábamos solos. Manolo hablaba de algunas peripecias llamativas de la llamativa vida de Claudio en Zamora. En algún momento pude concentrarme y atender en silencio a la tumba en sí y a Claudio nunca olvidado. Mirar con atención es orar, según Simone Weil. Estoy de acuerdo con ella. Creo que oré, a mi manera. Al menos sí que le di las gracias al poeta por todo lo que me había dado, que fue mucho, muchísimo. ¿Se enteró de lo que pensé y dije?

viernes, 15 de mayo de 2015

Admirar lo simple

"La capacidad de admirarse ante lo simple y de asumir esta admiración como una morada". Son palabras de Heidegger citadas por su alumna Hannah Arendt que encontré en el Diario filosófico de esta última, editado por Herder. Es una manera un tanto engolada, muy heideggeriana, de decir que la maravilla ante lo simple, renovada día a día, es una buena razón para vivir sin echar la vida a perder, como se lamentaba el poeta T.S.Eliot: "¿Dónde está la vida perdida al vivir?" Perdemos la vida día a día si no nos detenemos en la admiración ante lo más sencillo que nos ocurre y acompaña. Si ponemos en práctica esta pequeña y modesta - pero difícil - filosofía, la vida no se pierde de ninguna manera, sino que se conquista día a día. Esta práctica se resume en el deseo de lo que es y está con nosotros, despreciando y relegando el deseo de lo que no está, ni es, ni, probablemente, será, causa primera de la gran infelicidad de tantos. Si amo y deseo lo que tengo, es y está, amo la vida en su expresión más sencilla. Frente al mirador de mi casa hay una acacia, ahora florecida. ¿Es la pura sencillez? Probablemente, porque no exige nada y se limita a estar ofreciendo y dando. Es la pura presencia, el puro ser sencillo, marcado por su particular belleza, igualmente sencilla, natural, que surge de sí misma, que se expresa con asombrosa sencillez. Si no se me pasa un solo día en que agradezca su presencia ante mis ojos, sus hojas casi rozando los cristales del mirador y de mi dormitorio, ese día ha sido ganado para una especie de memoria agradecida y privilegiada. Ahora  han vuelto los vencejos al los cielos de Madrid, y se lanzan en picado por los alrededores de ese mirador, trazando filigranas prodigiosas, asombrosas. Si no se pasa un solo día en que deje constancia de esa admiración y experimente la alegría de ese suceso rutinario, sencillo, pautado por el calendario, es seguro que he ganado un día para la grandeza de la existencia. La filosofía nos ayuda, Heidegger también ayuda, aunque su lenguaje a veces no me interese. La capacidad de admirarse ante lo simple y de asumir esta admiración como una morada. De acuerdo, maestro que te equivocaste tanto.
"Hay que escoger el camino más largo"
 PLATÓN

   Esta  es la frase que el filósofo Alain ponía en la pizarra cada vez que empezaba un curso. Si lo hubiera sabido antes, yo hubiera empezado como él cualquiera de mis cursos.